viernes, 28 de enero de 2022

Los dientes de mi abuela

Ella tenía un baño en su recámara, pero eso no lo era lo más raro de todo. Lo más raro es que tuviera una recámara propia, para ella sola con su cama matrimonial, su ropero gigantesco que daba de pared a pared en la parte derecha de la habitación, con su tocador lleno de cajitas y cajotas repletas de anillos y aretes; con perfumes, lápices labiales rojos y rosas. Recuerdo ese tocador repleto de cositas brillantes que eran como salamandras y escarabajos relucientes que reptaban por la superficie barnizada de su tocador. Y el espejo, el espejo que gobernaba el lado izquierdo de su recámaras y con solo abrir la puerta podías verte de pies a cabeza, completo. 

Tenía dos buros, uno de cada lado de la cama, y en ambos estaban repletos de teleguias viejas y grisácea, pero en la que estaba del lado izquierdo (que es donde supongo que ella dormía) hasta arriba de la pila de viejas revistas estaba siempre un libro de oraciones con una virgen en la portada y un rosario. Le gustaba mucho rezar y en eso pasaba sus tardes, siempre pidiéndole a Dios y la Virgen por mi hermana y por mi, por mi papá, pero casi nunca por mi mamá. En ese entonces todavía su relación no era la mejor y más bien era una relación cargada de un resentimiento picante por parte de mi mamá y de una indiferencia dulzona por parte de ella, de mi abuela.

Mi abuela tenía un baño y tenía una recámara para ella sola. Era rarísimo porque mi abuelo también tenía una recámara para él solo y a esa si que nunca podíamos entrar. Ellos dominan cada quien en su recámara, en su cama y con sus cosas. Mis papás dormían juntos en la misma cama en nuestra casa, pero mis papás eran jóvenes (tenían 25 y 22 años) y a lo mejor era por eso, a lo cuando te hacías viejito con el pelo blanco como mi abuelo llegaba un momento en el que se tenía que dormir en cuartos separados aunque estuvieras casado. Esa conclusión me llego a angustiar durante mucho tiempo porque en el departamento en el que vivíamos solo había dos recámara; la de mis papás con su cama matrimonial y la de mi hermana y mía donde dormíamos en unas literas. Me preocupaba el pensar que pasaría cuando mis papás se hicieran viejitos de pelo blanco y tuvieran que dormir separados, ¿en que recámara lo harían?, ¿nos irían a poner las literas de mi hermana y mía en la sala?, ¿en un pasillo? 

La respuesta a esas preguntas llegaron después, mucho después cuando entendí el porque mis abuelos dormían separados y cada quien en su recámara. Era algo más delicado que el simple hecho de tener el pelo blanco como mi abuelo o de usar bastón como mi abuela. Era porque entre ellos se filtro una humedad pestilente que lo infectó todo, lo mancho todo y la única forma que encontraron para frenar su avance era el de separarse, al menos, simbólicamente. Muchos años después descubrí que mi abuelo nunca pudo controlar las marejadas que lo desbordaban y lo hacían encallar en otras costas. 

Realmente no tengo grandes recuerdos con mis abuelos cuando era niño. De hecho el único recuerdo que tengo de ellos y de su casa en general, y a veces pienso que no es tanto un recuerdo, es estar sentado en la sala muy derechito y muy quitecito sin hacer ruido porque mi abuela estaba recostada con sus dolores de huesos, de piernas, de rodillas y de manos; mi abuelo con su mirada de halcón garantizando que efectivamente estaba sentado sin subir los pies al sillón, sin hacer ruido para no molestar a mi abuela.
Mi abuelo siempre tuvo muy mal carácter y fue un hombre muy difícil de tratar. Mi abuela con sus dolores interminables que la consumían sin parar nunca pudo dar el paso para ser una abuela, al menos una abuela como las de los cuentos y las películas. 

Ya no esta ninguno de los dos. Mi abuelo falleció hace casi un mes y su ausencia se siente muy normal porque realmente nunca estuvo presente, ni para mi abuela, ni para mi padre, ni para mi. Tengo muy pocos recuerdos agradables con él, de hecho no creo poder contarlos con los dedos de la mano, pero si que recuerdo uno:

Debía tener unos cinco o seis años y por alguna razón esa mañana estuve todo el día con mi abuela. Ya tenia sus dolores interminables, pero aún podía moverse por ella misma por toda la casa, aún podía salir al jardín a recoger los frutos de los ciruelos cuando era la temporada. Mi abuelo estaba con su ceño fruncido como de costumbre vigilando que no tocará nada, que no ensuciara nada, prácticamente pidiéndome que no existiera, que no estuviera ahí. Mi abuela me atrajo hacía ella y me llevo a su recámara. Me acuerdo que me tome de su mano y cruzamos la sala para doblar a la izquierda y entrar a ese magnífico lugar que no tenía que compartir con el malhumorado de mi abuelo. Entonces mi abuela me pidió que la acompañara a lavarse los dientes. 

Entramos a su baño de azulejos azul cielo con su lavabo a juego y un espejito que lo coronaba y que también servía para guardar frasquitos, pastas dentales, polvos, pastillas, líquidos de colores y otras menjurjes. Tomó su cepillo y le untó una pasta dental del mismo color de los azulejos, eran azulejos en tubo, y entonces mi abuela se saco los dientes de la boca.

 Mi abuela se arrancó los dientes de la boca y comenzó a cepillarlos con su pasta de azulejos en tubo.  Primero de un lado y y luego del otro, por delante y de repente los abrió y comenzó a cepillarlos por dentro, cepillando las muelas. Cuando intente preguntarle como era posible que se pudiera sacar los dientes de la boca, lo único que pude hacer fue dar un gemido de espanto porque la cara de mi abuela estaba totalmente cambiada. Su rostro parecía un globo al que le habían sacado  todo el aire y sus labios quedaban colgado justo como la cola de los globos que ya perdieron la esencia que tenían por dentro.

Entonces mi abuela terminó con su labor y con un movimiento digno de la mejor ilusionista del mundo desapareció sus dientes dentro de su boca. Su rostro volvió a tener la misma forma de siempre y después de unos angustiosos minutos pude comprobar que en efecto era mi abuela, la misma de siempre.
Lo último que recuerdo fue estar sentado en la sala lleno de angustia por los dientes de mi abuela y su capacidad de desarmarse a placer. ¿Lo podía hacer con alguna otra parte de su cuerpo?, ¿era por qué ya estaba viejita?, ¿mi mamá podría sacarse los dientes también?, ¿yo podía hacerlo?
Me metí los dedos a la boca para comprobar si había alguna forma de sacarme los dientes y fue ahí cuando mi Abuelo me volteo a ver y refunfuñando me dijo:

-Sácate los dedos de la boca, ¿Qué te pasa?
-Es que me quiero sacar los dientes.
-¿Cómo que te quieres sacar los dientes? -me dijo totalmente irritado- eso no se puede.
-Si se puede, mi abuelita puede.

Se volteo a verla y ella solamente movió la cabeza sonriendo y se metió a la cocina. Mi abuelo se me quedo mirando con sus ojos de halcón, pero aunque le resultará difícil de ocultar, el también sonrió.





domingo, 21 de febrero de 2021

Tres heridas púrpura


 La anécdota a va más o menos así: Freud en el apogeo de su fama y de su método psicoanalítico comentó que la humanidad había tenido tres grandes heridas a lo largo de su historia.

La primera fue la que provocó Galileo al descubrir que la tierra gira alrededor del Sol y no al revés, es decir y en pocas palabras, que no somos el centro del universo. La segunda fue la de Darwin al descubrir la evolución porque si bien no eramos el centro del universo, al menos éramos descendientes de un ser divino que con toda su gloria nos hizo a su imagen y semejanza, pero oh sorpresa... La tercera es la que el mismo Freud (ahí humildemente) nos hizo porque si bien no éramos el centro del universo y resultó que somos el producto de millones de años de evolución al menos nos quedaba el consuelo de que éramos seres superiores guiados por la razón y no por impulsos primitivos...


De cualquier manera traje este tema a colación por dos razones: La primera para compartirles un dato, de esos que sirven para hacerte el interesante y usar palabras domingueras, y la segunda para hablarles de tres heridas que me fueron infligidas a lo largo de mi vida, no por Freud, pero si por Prince.


Primera Herida

Tenía yo trece o catorce años, estaba en tercero de secundaria y las pláticas entre mis compañeros de grupo siempre eran las mismas: los resultados del fútbol de la semana anterior con su respectivo pronóstico para el siguiente fin de semana y el reggeaton con su perreo. A mi lo primero lo odiaba, pero lo segundo me cagaba (muchos años después, frente al escenario del Coca- Cola Flow Fest perreando con las canciones de Daddy Yankee, recordé lo necio y estúpido que había sido). 

Todos mis amigos y compañeros estaban volados por el perreo, por escucharlo y bailarlo y a mi simplemente no me entraba en mi sistema. No le encontraba el sentido a lo que decían, ni el como se vestían, ni a nada. Todos estaban vueltos locos con el perreo, pero yo estaba vuelto loco por otra cosa, por alguien más. 

Un día mientras hacía zapping en la tele terminé viendo VH1. "Las 100 más grandes canciones de los ochenta" y ahí le dejé para ver cuáles eran esas canciones. Ahí fue, fue ese día cuando apareció frente a mi. Un hombre bajito embutido en unos pantalones negros ajustadísimos, un crop top que dejaba ver su marcado abdomen y su piel entre morena y negra, pero sobre todo unos tacones de infarto que usaba mientras bailaba frente a una chica en bikini envuelta en un velo negro transparente.  Era algo alucinante que alguien pudiera verse así de femenino, pero con un tufo tan masculino.  Que tuviera esos abdominales, pero que pudiera bailar así con esos tacones, pero que estuviera tan cerca de esa hermosa mujer cantando de esa manera que no era femenina, pero tampoco era masculina del todo. Fue demencial, fue orgiástico, fue fantástico, era para volverse loco y era el video de "Kiss", la canción más famosa de Prince. Ahí me hizo la primera herida, una que nunca voy a poder borrarme de la memoria. En ese momento me dejó marcado de por vida porque fue justo en ese momento en el que algo cambió en mi.

Segunda Herida 

De repente Prince comenzó a tomar más y más espacio en mi cabeza y en mis oídos. Encontrar su música en Internet era todo un reto porque simplemente no la había. Prince fue un defensor acérrimo del derecho de autor y si alguien osaba subir un video al naciente YouTube, de inmediato era silenciado y lo bajaban de la red. Lo que puede ir recolectando y escuchando fue porque lo iba consiguiendo en los tianguis y porque mi papá tenía un par de cassettes olvidados por ahí (esto fue por el 2005-2006 y aún había cassettes). 

Me tocó salir de la secundaria en 2007 y era el último año que pasaría con mis amigos y compañeros de generación. Lo cursi se apoderó de nosotros y decidimos pasar todo el tiempo que fuera posible juntos. Entonces se anunció que Prince iba a tocar en el medio tiempo del Super Bowl en Florida. Yo estaba feliz... hasta que uno de mis amigos me invitó a su cumpleaños, el último que pasaríamos como compañeros de secundaria y que justamente sería ese domingo de Super Bowl. No podía faltar, pero quería ver el espectáculo de mi primer ídolo así que me mi papá lo solucionó: me iba a grabar el concierto en VHS para que pudiera verlo después de la fiesta. Si aún teníamos VHS.

Me fui a la fiesta, me divertí mucho y comí la mejor lasaña que he probado en mi vida porque la mamá de Alejandro (así se llama este amigo que tuve en la secundaria) era una experta en lasañas. Cuando mi papá fue por mi y veníamos de regreso le pregunté sobre el concierto, si lo había visto, si le había gustado y su respuesta fue que había estado "más o menos". Me quedé helado. 

Medio decepcionado y medio temeroso de ver algo incomprensible (porque han de saber que Prince no era un artista fácil de seguir y las excentricidades en su carrera fueron muchas) llegué a casa ver el video. Metí el VHS a la grabadora, lo regrese porque había que regresar los videos para verlos ya que estos estaban en cintas que corrían de izquierda a derecha, y le puse play. El concierto comenzó y Prince comenzó a tocar.

El VHS ya no lo tengo, pero el espectáculo se puede ver en YouTube y es algo pavloviano lo que me pasa porque siempre se me eriza la piel cuando lo escucho. Después de ver a Prince tocar su guitarra frente a ese estadio de futbol y en medio de ese aguacero que en un momento dado se tiñó de púrpura, ¡era la auténtica lluvia púrpura por todos los dioses!, supe que en los años por venir me iba a consagrar única y exclusivamente al rock and roll. Tocó sus éxitos, pero también tocó frenéticamente "Proud Mary", desgarró su guitarra con "All along the watchtower" de una forma que haría sonrojar a Hendrix y se aventó "Best of You" de The Foo Fighters con la suficiente fuerza para dejar en la lona a todos los presentes. Fue increíble y sigue siendo increíble verlo tocar la guitarra así, ver como el público se rindió a sus pies y como en los coros de "Purple Rain" parece que la que canta es la lluvia misma. Ese día me marcó por segunda vez. 


Tercera Herida

Si me consagré al rock en los años venideros y con ellos llegaron muchos otros ídolos y muchas otras canciones que me llenarón y me desbordaron. Era abril de 2016 y solamente un mes antes me había tocado estar en en Foro Sol viendo a la mejor banda de rock de todos los tiempos en directo, The Rolling Stones. De repente estaban viniendo a México muchas bandas a tocar en conciertos masivos En lo particular yo ya había podido ver a Bob Dylan, a Bruce Springsteen, Paul McCarthy había estado en Zócalo de la Ciudad de México y Roger  Waters venía como Juan por su casa al país. 

Ese año la música de Prince había regresado después de un largo exilio autoimpuesto a Spotify. Antes de eso, la música de Prince sólo se podía escuchar en Tidal. Yo me fui a Tidal para escuchar su música y claro, también tenía a Bowie, a Dylan, a los Stones, pero nunca me gustó la aplicación y francamente a la calidad del audio digital no le encuentro diferencia y Tidal ofrecía unos planes dependiendo que tan bien quisieras escuchar las canciones. Cuando por fin Prince soltó su catálogo, que en verdad sólo fue una parte, a Spotify cancele a Tidal y regrese con los de la app del círculo verde.

Pintaba para ser un gran año. Había visto a los Stones en vivo, Prince regresó a mi plataforma favorita, todo era alegría. Un día de abril, la que en ese entonces era mi novia, me comenzó a mandar mensajes: "¿Oye a ti te gusta Prince, verdad?" fue su primer mensaje. Rápidamente le conteste que si, que era mi primer gran ídolo y le comenté la experiencia casi religiosa del párrafo anterior que vive entre Tidal y Spotify por Prince. En mi cabeza solo había un pensamiento y ese pensamiento era lógico, era inevitable... Prince va a venir  tocar a México y por eso mi novia me pregunta que si me gusta porque seguramente vamos a ir  verlo juntos, por fin voy a poder ver a Prince tocar en vivo.

Todo eso pensaba mientras me llego la respuesta de mi novia. Su respuesta a mis mensajes fuerón dos sencillas palabras... "Se murió". Así me entere que Su Purpurísima a Majestad había muerto. Con esas dos palabras y por mensaje de whatsapp. Se murió. 

En enero de ese mismo 2016 había muerto David Bowie y ahora de repente, como si fuera cualquier cosa también se había muerto Prince. Si la muerte de Bowie me había dolido mucho, al menos tenía el consuelo de que se dio después de una larga lucha contra el cáncer que el quiso mantener en secreto para estar con su familia, la de Prince fue un portazo en la cara. Se murió y punto. Ya no más lluvia púrpura para nadie, ya no más fiestas como si esto fuera 1999. Ese día recuerdo haber estado muy triste y a mi novia intentando consolarme porque no pensó que me fuera a afectar tanto la noticia. 

En mi memoria, en mi piel y en mi corazón tengo las tres heridas que Prince me dejó mientras vivió y tengo algunas más porque incluso Prince me acompañó la primera vez que me enamore perdidamente de alguien, pero eso tendrá una historia a parte. Mientras tanto, les dejo este homenaje que le hago a su Purpurísima Majestad. ¡Viva Prince!


sábado, 20 de febrero de 2021

Solo pasan en las películas

 Recuerdo perfectamente el momento en el que las películas me cambiaron la vida y he de decir que mi historia nunca ha estado plagada de momentos poéticos o novelísticos. Si de pronto resultará que me vida la esta escribiendo alguien como un ejercicio de metaficción, sin duda ese ser superior se asemejaría más a un redactor de amparos judiciales que a un Flaubert o a un Ibargüengoitia.

Mi vida cambio cuando vi por primera vez "Goodfellas" de Martin Scorsese. No es que antes no viera películas, al contrario, en mi familia ir al cine es casi un acto religioso y para muestra les puedo decir que mis padres en la era prepandémica podían ir al cine hasta 6 veces a la semana. Todas las películas de Disney de finales del siglo XX las vimos, así como los grandes blockbusters en los que los gringos salvaban el día de una invasión espacial o Harrison Ford (¿o era Pierce Brosnan?) tenían que sacrificar a una Abuelita en medio de un lago hirviendo para salvarse de la erupción de un volcán inmisericorde.

La películas siempre han estado presentes en mi vida como el máximo entretenimiento, pero nunca me habían hecho sentir lo que me hizo sentir esa película de Scorsese. Después de Goodfellas las películas ya no solo han sido entretenimiento para mi. Desde ese momento se volvieron uno de mis grandes talismanes para ver y entender al mundo y a sus habitantes. Las películas me emocionan, me hacen llorar, me enojan, me frustran, me ilusionan.

Las fantasías que las películas nos ofrecen nos ayudan a olvidarnos, al menos por dos horas si bien nos va, de que tú jefe es un cretino, que tú pareja te va a dejar por su mejor amigo o que tu papá no te habla porque votaste por el zopenco que gobierna en Palacio Nacional. Y es que puede ser que las películas te hagan levantar la vista al cielo y agradecer que no eres Bjork en "Bailando en la oscuridad" o te pueden llenar el corazón de esperanza porque puede que encuentres a alguien especial en medio de un aguacero como Owen Wilson en "Medianoche en París".

Hay cosas que solo pasan en las películas y eso Woody Allen lo entiende muy bien. El ejemplo de Medianoche en Paris para comenzar: Un escritor de películas de acción va a Paris con su prometida y su familia mientras añora los días dorados de la ciudad a principios del siglo XX cuando era una fiesta en la que Fitzgerald, Hemingway, Picasso, Dalí y Gertrude Stein eran los protagonistas. A la medianoche un carro misterioso lleva a nuestro protagonista a vivir esa fiesta con sus ídolos intelectuales, a vivir los años dorados que tanto anhela y que ocupan sus ensoñaciones. Se enamora de una musa que le hace darse cuenta de lo vacía y simplona que es la vida moderna, su vida moderna. Este viaje lo hace darse cuenta de eso, pero también descubre que anclarse al pasado no es la solución y que la vida solo corre en un sentido. 

Hay quien piensa que todo tiempo pasado fue mejor y esa es la principal trampa porque siempre habrá un ayer más dorado que nunca vamos encontrar, pero la obsesión por revivirlo nos puede consumir al punto de dejar de vivir lo que tenemos que vivir. El pasado nos influye, nos inspira y nos encamina para que hoy podamos encontrar esa dulce sonrisa de la que uno puede enamorarse mientras se compran discos de acetato en un bazar de París. 

Hay otra historia: Imagina que vas de vacaciones a una bella ciudad mediterránea con tu mejor amiga y y mientras tus sentidos se llenan del aroma local, de su arte, de su música, de sus calles y de sus guitarras, conoces a un guapo pintor que te promete una noche bañada con la luz de la luna llena en la que el arte y la poesía lo invadirán todo mientras hacen el amor apasionadamente. Suena maravilloso y te dejas llevar porque el perfume de Barcelona es tan penetrante que te embriaga hasta perder el sentido... todo hasta que descubres que tu pintor apasionado esta obsesionado con su ex mujer y su ex mujer con tu pintor apasionado. 

Una cosa lleva a otra y terminas liándote con esta pareja apasionada porque son europeos y porque si no es ahí con ellos, ¿cuándo entonces? Ese es más o menos el argumento de "Vicky Cristina Barcelona". La fantasía suena muy bien hasta que deja de serlo y la condición humana irrumpe en ella. Es como una burbuja en la que puedes flotar deliciosamente siempre y cuando no la pinchen las pasiones humanas y te hagan entender que en el mundo real el placer te puede llevar al dolor con la misma rapidez y la misma facilidad. Allen lo pone en la secuencia final, en la que el personaje de Penélope Cruz desenfundando una pistola le dispara a la fantasía tibia y embriagante de Vicky. Para ella y para el espectador es como despertar una mañana de lunes, solo que en vez de una alarma amigable, fue el tronido de una bala escandalosa

Un ultimo ejemplo, y mi favorito sin duda alguna: "La Rosa Purpura del Cairo" es la película de moda en New Jersey durante la gran depresión. Cecilia es una mesera que tiene una vida horrorosa a lado de un hombre horroroso que prefiere jugar rayuela y golpearla que buscarse un trabajo. El único escape que tiene Cecilia es el cine y las películas. Un día, después de haber visto por enésima vez "La rosa purpura del Cairo" el héroe de acción de la película Tom Baxter decide salirse de la pantalla para conocer a la bella mujer que ama su película. Él es valiente, guapo, gallardo y besa solo como saben besar los héroes valientes de las películas. Él ama a Cecilia y le pide que se casen, que se escapen juntos al Cairo. Todo eso mientras el revuelo por la noticia de su escape al mundo real comienza a esparcirse como la pólvora llegando incluso a oídos del actor que lo interpretó originalmente. 

Gil Shepherd es el actor de carne y hueso. En su búsqueda por su contraparte ficticio encuentra a Cecilia y de repente una serie de enredos y situaciones llenas de romance y acción llevan a nuestra heroína a tomar una decisión: Elegir al hombre de ficción que vino al mundo real solo para amarla o decirse por el hombre de carne y hueso, que proviene de su mismo mundo. A Woody Allen le propusieron cambiar el final de la película por un final feliz porque así sin duda alguna sería un éxito en taquilla. Allen se negó porque su historia es una historia con un final triste y la ultima escena de la película lo demuestra: Una solitaria Mia Farrow llorando una única lagrima en medio de una sala de cine y es que hay cosas que solo pasan en las películas y en esta obra maestra de Allen nos lo demuestra de una manera muy dura, pero muy bella a la vez, porque en ese final con Farrow en la sala de cine, el ultimo momento es ella levantando la mirada para volver a confiar en lo que la pantalla plateada esta a punto de contarle...


Los dientes de mi abuela

Ella tenía un baño en su recámara, pero eso no lo era lo más raro de todo. Lo más raro es que tuviera una recámara propia, para ella sola co...