La anécdota a va más o menos así: Freud en el apogeo de su fama y de su método psicoanalítico comentó que la humanidad había tenido tres grandes heridas a lo largo de su historia.
La primera fue la que provocó Galileo al descubrir que la tierra gira alrededor del Sol y no al revés, es decir y en pocas palabras, que no somos el centro del universo. La segunda fue la de Darwin al descubrir la evolución porque si bien no eramos el centro del universo, al menos éramos descendientes de un ser divino que con toda su gloria nos hizo a su imagen y semejanza, pero oh sorpresa... La tercera es la que el mismo Freud (ahí humildemente) nos hizo porque si bien no éramos el centro del universo y resultó que somos el producto de millones de años de evolución al menos nos quedaba el consuelo de que éramos seres superiores guiados por la razón y no por impulsos primitivos...
De cualquier manera traje este tema a colación por dos razones: La primera para compartirles un dato, de esos que sirven para hacerte el interesante y usar palabras domingueras, y la segunda para hablarles de tres heridas que me fueron infligidas a lo largo de mi vida, no por Freud, pero si por Prince.
Primera Herida
Tenía yo trece o catorce años, estaba en tercero de secundaria y las pláticas entre mis compañeros de grupo siempre eran las mismas: los resultados del fútbol de la semana anterior con su respectivo pronóstico para el siguiente fin de semana y el reggeaton con su perreo. A mi lo primero lo odiaba, pero lo segundo me cagaba (muchos años después, frente al escenario del Coca- Cola Flow Fest perreando con las canciones de Daddy Yankee, recordé lo necio y estúpido que había sido).
Todos mis amigos y compañeros estaban volados por el perreo, por escucharlo y bailarlo y a mi simplemente no me entraba en mi sistema. No le encontraba el sentido a lo que decían, ni el como se vestían, ni a nada. Todos estaban vueltos locos con el perreo, pero yo estaba vuelto loco por otra cosa, por alguien más.
Un día mientras hacía zapping en la tele terminé viendo VH1. "Las 100 más grandes canciones de los ochenta" y ahí le dejé para ver cuáles eran esas canciones. Ahí fue, fue ese día cuando apareció frente a mi. Un hombre bajito embutido en unos pantalones negros ajustadísimos, un crop top que dejaba ver su marcado abdomen y su piel entre morena y negra, pero sobre todo unos tacones de infarto que usaba mientras bailaba frente a una chica en bikini envuelta en un velo negro transparente. Era algo alucinante que alguien pudiera verse así de femenino, pero con un tufo tan masculino. Que tuviera esos abdominales, pero que pudiera bailar así con esos tacones, pero que estuviera tan cerca de esa hermosa mujer cantando de esa manera que no era femenina, pero tampoco era masculina del todo. Fue demencial, fue orgiástico, fue fantástico, era para volverse loco y era el video de "Kiss", la canción más famosa de Prince. Ahí me hizo la primera herida, una que nunca voy a poder borrarme de la memoria. En ese momento me dejó marcado de por vida porque fue justo en ese momento en el que algo cambió en mi.
Segunda Herida
De repente Prince comenzó a tomar más y más espacio en mi cabeza y en mis oídos. Encontrar su música en Internet era todo un reto porque simplemente no la había. Prince fue un defensor acérrimo del derecho de autor y si alguien osaba subir un video al naciente YouTube, de inmediato era silenciado y lo bajaban de la red. Lo que puede ir recolectando y escuchando fue porque lo iba consiguiendo en los tianguis y porque mi papá tenía un par de cassettes olvidados por ahí (esto fue por el 2005-2006 y aún había cassettes).
Me tocó salir de la secundaria en 2007 y era el último año que pasaría con mis amigos y compañeros de generación. Lo cursi se apoderó de nosotros y decidimos pasar todo el tiempo que fuera posible juntos. Entonces se anunció que Prince iba a tocar en el medio tiempo del Super Bowl en Florida. Yo estaba feliz... hasta que uno de mis amigos me invitó a su cumpleaños, el último que pasaríamos como compañeros de secundaria y que justamente sería ese domingo de Super Bowl. No podía faltar, pero quería ver el espectáculo de mi primer ídolo así que me mi papá lo solucionó: me iba a grabar el concierto en VHS para que pudiera verlo después de la fiesta. Si aún teníamos VHS.
Me fui a la fiesta, me divertí mucho y comí la mejor lasaña que he probado en mi vida porque la mamá de Alejandro (así se llama este amigo que tuve en la secundaria) era una experta en lasañas. Cuando mi papá fue por mi y veníamos de regreso le pregunté sobre el concierto, si lo había visto, si le había gustado y su respuesta fue que había estado "más o menos". Me quedé helado.
Medio decepcionado y medio temeroso de ver algo incomprensible (porque han de saber que Prince no era un artista fácil de seguir y las excentricidades en su carrera fueron muchas) llegué a casa ver el video. Metí el VHS a la grabadora, lo regrese porque había que regresar los videos para verlos ya que estos estaban en cintas que corrían de izquierda a derecha, y le puse play. El concierto comenzó y Prince comenzó a tocar.
El VHS ya no lo tengo, pero el espectáculo se puede ver en YouTube y es algo pavloviano lo que me pasa porque siempre se me eriza la piel cuando lo escucho. Después de ver a Prince tocar su guitarra frente a ese estadio de futbol y en medio de ese aguacero que en un momento dado se tiñó de púrpura, ¡era la auténtica lluvia púrpura por todos los dioses!, supe que en los años por venir me iba a consagrar única y exclusivamente al rock and roll. Tocó sus éxitos, pero también tocó frenéticamente "Proud Mary", desgarró su guitarra con "All along the watchtower" de una forma que haría sonrojar a Hendrix y se aventó "Best of You" de The Foo Fighters con la suficiente fuerza para dejar en la lona a todos los presentes. Fue increíble y sigue siendo increíble verlo tocar la guitarra así, ver como el público se rindió a sus pies y como en los coros de "Purple Rain" parece que la que canta es la lluvia misma. Ese día me marcó por segunda vez.
Tercera Herida
Si me consagré al rock en los años venideros y con ellos llegaron muchos otros ídolos y muchas otras canciones que me llenarón y me desbordaron. Era abril de 2016 y solamente un mes antes me había tocado estar en en Foro Sol viendo a la mejor banda de rock de todos los tiempos en directo, The Rolling Stones. De repente estaban viniendo a México muchas bandas a tocar en conciertos masivos En lo particular yo ya había podido ver a Bob Dylan, a Bruce Springsteen, Paul McCarthy había estado en Zócalo de la Ciudad de México y Roger Waters venía como Juan por su casa al país.
Ese año la música de Prince había regresado después de un largo exilio autoimpuesto a Spotify. Antes de eso, la música de Prince sólo se podía escuchar en Tidal. Yo me fui a Tidal para escuchar su música y claro, también tenía a Bowie, a Dylan, a los Stones, pero nunca me gustó la aplicación y francamente a la calidad del audio digital no le encuentro diferencia y Tidal ofrecía unos planes dependiendo que tan bien quisieras escuchar las canciones. Cuando por fin Prince soltó su catálogo, que en verdad sólo fue una parte, a Spotify cancele a Tidal y regrese con los de la app del círculo verde.
Pintaba para ser un gran año. Había visto a los Stones en vivo, Prince regresó a mi plataforma favorita, todo era alegría. Un día de abril, la que en ese entonces era mi novia, me comenzó a mandar mensajes: "¿Oye a ti te gusta Prince, verdad?" fue su primer mensaje. Rápidamente le conteste que si, que era mi primer gran ídolo y le comenté la experiencia casi religiosa del párrafo anterior que vive entre Tidal y Spotify por Prince. En mi cabeza solo había un pensamiento y ese pensamiento era lógico, era inevitable... Prince va a venir tocar a México y por eso mi novia me pregunta que si me gusta porque seguramente vamos a ir verlo juntos, por fin voy a poder ver a Prince tocar en vivo.
Todo eso pensaba mientras me llego la respuesta de mi novia. Su respuesta a mis mensajes fuerón dos sencillas palabras... "Se murió". Así me entere que Su Purpurísima a Majestad había muerto. Con esas dos palabras y por mensaje de whatsapp. Se murió.
En enero de ese mismo 2016 había muerto David Bowie y ahora de repente, como si fuera cualquier cosa también se había muerto Prince. Si la muerte de Bowie me había dolido mucho, al menos tenía el consuelo de que se dio después de una larga lucha contra el cáncer que el quiso mantener en secreto para estar con su familia, la de Prince fue un portazo en la cara. Se murió y punto. Ya no más lluvia púrpura para nadie, ya no más fiestas como si esto fuera 1999. Ese día recuerdo haber estado muy triste y a mi novia intentando consolarme porque no pensó que me fuera a afectar tanto la noticia.
En mi memoria, en mi piel y en mi corazón tengo las tres heridas que Prince me dejó mientras vivió y tengo algunas más porque incluso Prince me acompañó la primera vez que me enamore perdidamente de alguien, pero eso tendrá una historia a parte. Mientras tanto, les dejo este homenaje que le hago a su Purpurísima Majestad. ¡Viva Prince!

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