Tenía dos buros, uno de cada lado de la cama, y en ambos estaban repletos de teleguias viejas y grisácea, pero en la que estaba del lado izquierdo (que es donde supongo que ella dormía) hasta arriba de la pila de viejas revistas estaba siempre un libro de oraciones con una virgen en la portada y un rosario. Le gustaba mucho rezar y en eso pasaba sus tardes, siempre pidiéndole a Dios y la Virgen por mi hermana y por mi, por mi papá, pero casi nunca por mi mamá. En ese entonces todavía su relación no era la mejor y más bien era una relación cargada de un resentimiento picante por parte de mi mamá y de una indiferencia dulzona por parte de ella, de mi abuela.
Mi abuela tenía un baño y tenía una recámara para ella sola. Era rarísimo porque mi abuelo también tenía una recámara para él solo y a esa si que nunca podíamos entrar. Ellos dominan cada quien en su recámara, en su cama y con sus cosas. Mis papás dormían juntos en la misma cama en nuestra casa, pero mis papás eran jóvenes (tenían 25 y 22 años) y a lo mejor era por eso, a lo cuando te hacías viejito con el pelo blanco como mi abuelo llegaba un momento en el que se tenía que dormir en cuartos separados aunque estuvieras casado. Esa conclusión me llego a angustiar durante mucho tiempo porque en el departamento en el que vivíamos solo había dos recámara; la de mis papás con su cama matrimonial y la de mi hermana y mía donde dormíamos en unas literas. Me preocupaba el pensar que pasaría cuando mis papás se hicieran viejitos de pelo blanco y tuvieran que dormir separados, ¿en que recámara lo harían?, ¿nos irían a poner las literas de mi hermana y mía en la sala?, ¿en un pasillo?
La respuesta a esas preguntas llegaron después, mucho después cuando entendí el porque mis abuelos dormían separados y cada quien en su recámara. Era algo más delicado que el simple hecho de tener el pelo blanco como mi abuelo o de usar bastón como mi abuela. Era porque entre ellos se filtro una humedad pestilente que lo infectó todo, lo mancho todo y la única forma que encontraron para frenar su avance era el de separarse, al menos, simbólicamente. Muchos años después descubrí que mi abuelo nunca pudo controlar las marejadas que lo desbordaban y lo hacían encallar en otras costas.
Realmente no tengo grandes recuerdos con mis abuelos cuando era niño. De hecho el único recuerdo que tengo de ellos y de su casa en general, y a veces pienso que no es tanto un recuerdo, es estar sentado en la sala muy derechito y muy quitecito sin hacer ruido porque mi abuela estaba recostada con sus dolores de huesos, de piernas, de rodillas y de manos; mi abuelo con su mirada de halcón garantizando que efectivamente estaba sentado sin subir los pies al sillón, sin hacer ruido para no molestar a mi abuela.
Mi abuelo siempre tuvo muy mal carácter y fue un hombre muy difícil de tratar. Mi abuela con sus dolores interminables que la consumían sin parar nunca pudo dar el paso para ser una abuela, al menos una abuela como las de los cuentos y las películas.
Ya no esta ninguno de los dos. Mi abuelo falleció hace casi un mes y su ausencia se siente muy normal porque realmente nunca estuvo presente, ni para mi abuela, ni para mi padre, ni para mi. Tengo muy pocos recuerdos agradables con él, de hecho no creo poder contarlos con los dedos de la mano, pero si que recuerdo uno:
Debía tener unos cinco o seis años y por alguna razón esa mañana estuve todo el día con mi abuela. Ya tenia sus dolores interminables, pero aún podía moverse por ella misma por toda la casa, aún podía salir al jardín a recoger los frutos de los ciruelos cuando era la temporada. Mi abuelo estaba con su ceño fruncido como de costumbre vigilando que no tocará nada, que no ensuciara nada, prácticamente pidiéndome que no existiera, que no estuviera ahí. Mi abuela me atrajo hacía ella y me llevo a su recámara. Me acuerdo que me tome de su mano y cruzamos la sala para doblar a la izquierda y entrar a ese magnífico lugar que no tenía que compartir con el malhumorado de mi abuelo. Entonces mi abuela me pidió que la acompañara a lavarse los dientes.
Entramos a su baño de azulejos azul cielo con su lavabo a juego y un espejito que lo coronaba y que también servía para guardar frasquitos, pastas dentales, polvos, pastillas, líquidos de colores y otras menjurjes. Tomó su cepillo y le untó una pasta dental del mismo color de los azulejos, eran azulejos en tubo, y entonces mi abuela se saco los dientes de la boca.
Mi abuela se arrancó los dientes de la boca y comenzó a cepillarlos con su pasta de azulejos en tubo. Primero de un lado y y luego del otro, por delante y de repente los abrió y comenzó a cepillarlos por dentro, cepillando las muelas. Cuando intente preguntarle como era posible que se pudiera sacar los dientes de la boca, lo único que pude hacer fue dar un gemido de espanto porque la cara de mi abuela estaba totalmente cambiada. Su rostro parecía un globo al que le habían sacado todo el aire y sus labios quedaban colgado justo como la cola de los globos que ya perdieron la esencia que tenían por dentro.
Entonces mi abuela terminó con su labor y con un movimiento digno de la mejor ilusionista del mundo desapareció sus dientes dentro de su boca. Su rostro volvió a tener la misma forma de siempre y después de unos angustiosos minutos pude comprobar que en efecto era mi abuela, la misma de siempre.
Lo último que recuerdo fue estar sentado en la sala lleno de angustia por los dientes de mi abuela y su capacidad de desarmarse a placer. ¿Lo podía hacer con alguna otra parte de su cuerpo?, ¿era por qué ya estaba viejita?, ¿mi mamá podría sacarse los dientes también?, ¿yo podía hacerlo?
Me metí los dedos a la boca para comprobar si había alguna forma de sacarme los dientes y fue ahí cuando mi Abuelo me volteo a ver y refunfuñando me dijo:
-Sácate los dedos de la boca, ¿Qué te pasa?
-Es que me quiero sacar los dientes.
-¿Cómo que te quieres sacar los dientes? -me dijo totalmente irritado- eso no se puede.
-Si se puede, mi abuelita puede.
Se volteo a verla y ella solamente movió la cabeza sonriendo y se metió a la cocina. Mi abuelo se me quedo mirando con sus ojos de halcón, pero aunque le resultará difícil de ocultar, el también sonrió.