sábado, 20 de febrero de 2021

Solo pasan en las películas

 Recuerdo perfectamente el momento en el que las películas me cambiaron la vida y he de decir que mi historia nunca ha estado plagada de momentos poéticos o novelísticos. Si de pronto resultará que me vida la esta escribiendo alguien como un ejercicio de metaficción, sin duda ese ser superior se asemejaría más a un redactor de amparos judiciales que a un Flaubert o a un Ibargüengoitia.

Mi vida cambio cuando vi por primera vez "Goodfellas" de Martin Scorsese. No es que antes no viera películas, al contrario, en mi familia ir al cine es casi un acto religioso y para muestra les puedo decir que mis padres en la era prepandémica podían ir al cine hasta 6 veces a la semana. Todas las películas de Disney de finales del siglo XX las vimos, así como los grandes blockbusters en los que los gringos salvaban el día de una invasión espacial o Harrison Ford (¿o era Pierce Brosnan?) tenían que sacrificar a una Abuelita en medio de un lago hirviendo para salvarse de la erupción de un volcán inmisericorde.

La películas siempre han estado presentes en mi vida como el máximo entretenimiento, pero nunca me habían hecho sentir lo que me hizo sentir esa película de Scorsese. Después de Goodfellas las películas ya no solo han sido entretenimiento para mi. Desde ese momento se volvieron uno de mis grandes talismanes para ver y entender al mundo y a sus habitantes. Las películas me emocionan, me hacen llorar, me enojan, me frustran, me ilusionan.

Las fantasías que las películas nos ofrecen nos ayudan a olvidarnos, al menos por dos horas si bien nos va, de que tú jefe es un cretino, que tú pareja te va a dejar por su mejor amigo o que tu papá no te habla porque votaste por el zopenco que gobierna en Palacio Nacional. Y es que puede ser que las películas te hagan levantar la vista al cielo y agradecer que no eres Bjork en "Bailando en la oscuridad" o te pueden llenar el corazón de esperanza porque puede que encuentres a alguien especial en medio de un aguacero como Owen Wilson en "Medianoche en París".

Hay cosas que solo pasan en las películas y eso Woody Allen lo entiende muy bien. El ejemplo de Medianoche en Paris para comenzar: Un escritor de películas de acción va a Paris con su prometida y su familia mientras añora los días dorados de la ciudad a principios del siglo XX cuando era una fiesta en la que Fitzgerald, Hemingway, Picasso, Dalí y Gertrude Stein eran los protagonistas. A la medianoche un carro misterioso lleva a nuestro protagonista a vivir esa fiesta con sus ídolos intelectuales, a vivir los años dorados que tanto anhela y que ocupan sus ensoñaciones. Se enamora de una musa que le hace darse cuenta de lo vacía y simplona que es la vida moderna, su vida moderna. Este viaje lo hace darse cuenta de eso, pero también descubre que anclarse al pasado no es la solución y que la vida solo corre en un sentido. 

Hay quien piensa que todo tiempo pasado fue mejor y esa es la principal trampa porque siempre habrá un ayer más dorado que nunca vamos encontrar, pero la obsesión por revivirlo nos puede consumir al punto de dejar de vivir lo que tenemos que vivir. El pasado nos influye, nos inspira y nos encamina para que hoy podamos encontrar esa dulce sonrisa de la que uno puede enamorarse mientras se compran discos de acetato en un bazar de París. 

Hay otra historia: Imagina que vas de vacaciones a una bella ciudad mediterránea con tu mejor amiga y y mientras tus sentidos se llenan del aroma local, de su arte, de su música, de sus calles y de sus guitarras, conoces a un guapo pintor que te promete una noche bañada con la luz de la luna llena en la que el arte y la poesía lo invadirán todo mientras hacen el amor apasionadamente. Suena maravilloso y te dejas llevar porque el perfume de Barcelona es tan penetrante que te embriaga hasta perder el sentido... todo hasta que descubres que tu pintor apasionado esta obsesionado con su ex mujer y su ex mujer con tu pintor apasionado. 

Una cosa lleva a otra y terminas liándote con esta pareja apasionada porque son europeos y porque si no es ahí con ellos, ¿cuándo entonces? Ese es más o menos el argumento de "Vicky Cristina Barcelona". La fantasía suena muy bien hasta que deja de serlo y la condición humana irrumpe en ella. Es como una burbuja en la que puedes flotar deliciosamente siempre y cuando no la pinchen las pasiones humanas y te hagan entender que en el mundo real el placer te puede llevar al dolor con la misma rapidez y la misma facilidad. Allen lo pone en la secuencia final, en la que el personaje de Penélope Cruz desenfundando una pistola le dispara a la fantasía tibia y embriagante de Vicky. Para ella y para el espectador es como despertar una mañana de lunes, solo que en vez de una alarma amigable, fue el tronido de una bala escandalosa

Un ultimo ejemplo, y mi favorito sin duda alguna: "La Rosa Purpura del Cairo" es la película de moda en New Jersey durante la gran depresión. Cecilia es una mesera que tiene una vida horrorosa a lado de un hombre horroroso que prefiere jugar rayuela y golpearla que buscarse un trabajo. El único escape que tiene Cecilia es el cine y las películas. Un día, después de haber visto por enésima vez "La rosa purpura del Cairo" el héroe de acción de la película Tom Baxter decide salirse de la pantalla para conocer a la bella mujer que ama su película. Él es valiente, guapo, gallardo y besa solo como saben besar los héroes valientes de las películas. Él ama a Cecilia y le pide que se casen, que se escapen juntos al Cairo. Todo eso mientras el revuelo por la noticia de su escape al mundo real comienza a esparcirse como la pólvora llegando incluso a oídos del actor que lo interpretó originalmente. 

Gil Shepherd es el actor de carne y hueso. En su búsqueda por su contraparte ficticio encuentra a Cecilia y de repente una serie de enredos y situaciones llenas de romance y acción llevan a nuestra heroína a tomar una decisión: Elegir al hombre de ficción que vino al mundo real solo para amarla o decirse por el hombre de carne y hueso, que proviene de su mismo mundo. A Woody Allen le propusieron cambiar el final de la película por un final feliz porque así sin duda alguna sería un éxito en taquilla. Allen se negó porque su historia es una historia con un final triste y la ultima escena de la película lo demuestra: Una solitaria Mia Farrow llorando una única lagrima en medio de una sala de cine y es que hay cosas que solo pasan en las películas y en esta obra maestra de Allen nos lo demuestra de una manera muy dura, pero muy bella a la vez, porque en ese final con Farrow en la sala de cine, el ultimo momento es ella levantando la mirada para volver a confiar en lo que la pantalla plateada esta a punto de contarle...


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